Yersinia pestis


Sus dedos se iban depositando con parsimonia sobre las cuerdas del arpa, acariciándolas con una levedad tal que el instrumento apenas producía sonido. No estaba sintiendo la música. En realidad era una actividad paralela a la que copaba su atención. Mirar a través de la ventana. La máscara comenzaba a incomodarle, pero no podía quitársela. No si tenía un mínimo de aprecio por su vida.
Una densa humareda negra fue pasando por debajo de la puerta y se alzó, condensándose.

—De nuevo aquí. ¿A qué se debe la asiduidad de tus visitas? —preguntó la figura enmascarada a la masa de humo oscuro.
Un silbido y un cambio de forma le sirvieron de respuesta.
—Debo seguir trabajando. Por mucho que tu función se interponga a la mía.

En aquel instante, sintió como una onda de enorme poder le lanzaba despedido a través de la ventana. Los cristales se hacían añicos. La vida del enmascarado pasaba por delante de sus ojos. Sentía los doce metros de vacío que le separaban del suelo revestido de adoquines. No resistiría el impacto.

La sombra se comunicó con él por última vez, se acercó a su cuerpo, que se precipitaba hacia la calle, y le tocó con unas manos recién materializadas. Manos negras, frías como el hielo y cubiertas de harapos gaseosos. Allí donde se posaban sentía un hormigueo y pronto perdía la sensibilidad.
—No me das ningún miedo. No permitiré que siegues más almas.

Un vendaval, un torbellino que atravesó al enmascarado y se fue silbando, deshaciéndose en la atmósfera circundante. Así le respondió el espíritu.
A través de los orificios oculares, el portador de la máscara observó como el cielo se nublaba y tres cuervos aparecían de entre los tejados venecianos para comenzar a volar a su alrededor. Sintió un potente impacto que le pulverizó las vértebras.
—Estoy más cerca de tus dominios que de los míos. Soy consciente de ello.

El metálico sabor de la sangre inundó todos sus sentidos mientras las oscuras figuras de los cuervos se perfilaban más cerca, a cada instante, del hombre. Hasta que éste sintió su peso sobre la máscara. Y las garras de los córvidos comenzaban a desgarrar los párpados. Y sus picos perforaron sus ojos. Todo se tornó oscuridad.

Ahora puedo comunicarme contigo. Soy el cacique de estas tierras en las que las emociones humanas hace tiempo que se pudrieron. Ellas alimentan mi feudo, enraizadas, sin permitirles canalizar todo aquello que no pudieron expresar en vida. Y tu alma será una raíz más en este suelo. Has dificultado mi labor hasta límites insospechados, y no pienso permitir que continúes haciéndolo.

De nuevo una nube negra apareció sobre el cuerpo inerte del enmascarado. Lentamente, surgió una guadaña hecha de vapor, que se fue endureciendo, nutriéndose del aire que parasitaba a la ciudad. Hasta que la hoja curva adquirió una consistencia sólida y se precipitó contra el cuello del hombre.

Su alma se convirtió en una raíz más para alimentar el camposanto, aquella dimensión paralela en la que la muerte gobernaba sobre los restos de los caídos. La enfermedad seguiría adelante sin que nadie pudiese detenerla, ni siquera los héroes enmascarados, pues quedaba claro que sus vidas podían ser extirpadas con la misma facilidad que la de cualquier otro mortal, sin importar la valía de sus motivaciones.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Todos los artículos son originales. Citar el blog como fuente si se desea difundir el contenido. Con la tecnología de Blogger.