Todos tenemos una caverna, en algún lugar de nuestro interior. Una gruta que nace con nosotros. En el mismo momento en el que el líquido amniótico deja de bañar nuestros tejidos y, llevados por contracciones, aparecemos queriendo o sin quererlo en este mundo, más seco y frío, esta caverna es excavada en nuestra conciencia.
Según el entorno en el que hayamos nacido, en el que nos toque vivir, y según la relación que tengamos con los demás dueños de cavernas, la nuestra se irá modelando. Aparecerán nuevas galerías, el suelo se revestirá de musgo y líquenes, tendrá más o menos agua, más o menos luz. Estará habitada por bestias, o por diminutas y delicadas libélulas.
Con el paso de los años, nosotros la iremos decorando. Cada persona que conozcamos y con quien compartamos experiencias nos donará un tótem, una materialización de lo que representa en nuestras vidas. Serán objetos que ubicaremos en nichos, excavados en las paredes. Tal vez, los colguemos de un móvil en el techo, o de las estalactitas. Algunas de esas ofrendas no pararán de crecer. Habrá quien nos ceda todos sus tesoros, con lo bueno y lo malo que esto supone. De algunos tendremos todo un ajuar, de incalculable valor, de brillantes y oro, de artefactos legendarios, de piezas de la porcelana más pura. Cuantos más tesoros nos ceda esa persona para adornar nuestra caverna inmaculada, mayor será nuestra responsabilidad como curador de reliquias.
No obstante, habrá objetos que serán corrompidos. Algunos con mucho poder. Atacados por una suerte de vudú, repletos de ponzoña. Ofrendas que degenerarán y comenzarán a infectar a las demás; astillando las piezas de madera de ébano, haciendo enfermar la vegetación que crece en la caverna, opacando el brillo de las piedras y envenenando el acuífero.
Así pasaremos nuestra vida, y así irá evolucionando nuestra caverna. Una caverna que el primer día está inmaculada para todos. Pero con el síndrome de Diógenes que deriva del mero hecho de vivir, iremos volviendo singular nuestra gruta.
Los días se sucederán. Habrá quien tenga escondites gloriosos de su alma, con cámaras secretas atestadas de material de incalculable valor. Habrá quien tenga una tenebrosa oquedad inundada de brea, de fango, con murciélagos famélicos y con remanentes de lo que una vez fueron motivo de orgullo de su existencia. Pero no habrá marcha atrás. El capitán se hunde con su barco, el espeleólogo que todos llevamos dentro acabará sus días cuando la caverna se derrumbe, cuando sus cimientos caigan, cuando la erosión del agua fracture la roca. No hay lugar para la vergüenza. Debes seguir hasta el final, con las virtudes y defectos de tu particular silo de recuerdos. Acumulamos rarezas, pesares y dichas en forma de adornos.
¿Qué importa si algunas estatuas quebraron?
¿Qué más da si algunos tapices fueron desgarrados o quedaron enmohecidos?
Acepta las maravillas y maldiciones que esconde tu caverna inmaculada, y tal vez mejore poco a poco su aspecto. Puede que el agua excave galerías repletas de vida, con corales. Puede que la luz se filtre desde el exterior con más fuerza. Puede que te sorprenda un cargamento de joyas, pieles y manjares de reyes abisinios.
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