Eduardo, Amanda y el sentido de la vida




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Se habían quedado sin gasolina. Por delante, una inmensa llanura en la que el verde llegaba hasta el horizonte, que se encontraba perfilado por montañas de color púrpura, tinte fruto de la lejanía. Tras ellos, un paisaje similar. En lo alto un cielo gris oscuro, que amenazaba lluvia pero resultaba romántico. Como si fuese a quebrarse en mil pedazos con el primer trueno. Y a sus pies el asfalto; una amalgama de gravilla que comenzaba a mojarse poco a poco, moteándose con las gotas de lluvia.

—La grúa tarda demasiado. Y está empezando a llover. Eduardo, ¿qué haces? No te das cuenta de la gravedad de la situación, ¿verdad?

El hombre hizo caso omiso a las palabras de su acompañante. Algo llegaba a sus oídos pero, de forma selectiva, su cerebro superponía el rumor del viento. El sedante sonido de la hierba alta meciéndose, los brotes frotando unos contra otros. Dejaba a sus pupilas jugar, dilatándose y encogiéndose a cada cambio de intensidad lumínica, cuando los rayos de sol traspasaban la capa de nubes en su parte menos densa. Eduardo notaba como el cielo rotaba a una velocidad distinta a la tierra a la que se encontraba anclado. 

—Sí, es el momento ideal para que des rienda suelta a tu lado bohemio. En serio —siguió ella, irascible, dejando escapar la ironía.

—¿Es que no ves que esto es para lo que hemos venido al mundo? Ha sido una bendición que se parase el motor.

Amanda no daba crédito a las palabras de su novio. Si bien era una persona que gustaba de alejarse de lo mundano, aquello sobrepasaba el umbral lógico, y se agravaba dada la situación.

—Eres increíble —le espetó ella.

—Deja de culparme y vive. Vive de una vez, Amanda —contestó su novio, clavándole sus vibrantes pupilas, atacándole con los ojos—. Me quedaré aquí y esperaré al arco iris. No pienso agobiarme más.

Dado que la lluvia arreciaba, Amanda, que no podía controlar la situación, decidió meterse dentro del coche y recriminar la actitud de su compañero desde allí. Transformar los agentes meteorológicos y el paisaje en poesía no le aportaba un ápice de comodidad. Sin embargo, dentro del coche tenía cierto confort. Rebuscó en el lateral de su asiento y empujó la palanca para reclinarlo. A través del cristal empañado se fijó en el pelo de su novio, movido por la corriente de aire. En ese momento percibió angustia. Dentro del coche la atmósfera era densa y estaba cargada por ese maldito ambientador de olor a pino, que casi provocaba náuseas.

Entonces, Eduardo empezó a correr. 

—¡Para esto existen los campos! —gritaba casi sin aliento.

Su figura se empequeñecía cada vez más a los ojos de Amanda que, boquiabierta, trataba de entender lo que ocurría. 
<<Estás chiflado. ¿Adónde vas?>>

Eduardo decidió esa tarde lluviosa, en mitad de la nada, perseguir al sol en su camino hacia el horizonte por los campos de hierba alta. El viento golpeaba su cara, las lágrimas comenzaban a desplazarse por su rostro debido al frío. Luego cerraba los ojos y solo sentía el roce de la vegetación contra sus piernas y el murmullo de la naturaleza. Una bandada de pájaros le sobrevolaba, a juzgar por los agudos chirridos que sentía en altura. Quería mantener la incertidumbre. En ese momento, saber de qué especie se trataba rompería la magia. Cada vez estaba más lejos de Amanda. Y Amanda, cada vez más lejos de sentirse realizada.

—Mi vida es aséptica —dijo dentro del coche. 

Se sentía envasada al vacío, aislada de la realidad. Se preguntaba para qué servía el dinero, el estatus, todo lo que había creado el hombre de forma simbólica, cuando su novio estaba disfrutando del placer inmediato de la existencia. Su pecho se encogió y comenzó a sufrir un ataque de ansiedad. Los cristales se empañaron aún más a medida que expelía el aire durante la hiperventilación.

<<Mi vida es aséptica>>




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