Sumeria e impasible


La intensa oscuridad recibió el fulgor del amanecer. Poco a poco éste le ganaba el pulso, permitiendo que el aura dorada de la estrella arrojase luz en las indómitas tierras que seguían bajo el yugo de la fría incertidumbre visual. Las negras alas de Tiamat se tornaban permeables, y la diosa dragón decidió volatilizarse en una suerte de inclemencia.

Arena que se dejaba mecer, llevada por los vientos ígneos procedentes de la Duat, tal vez. Corpúsculos de aridez acompasados en una danza ritual, desplazados por el decrépito escenario de la ausencia de sucesos. Imparable. Densa. Nubes voluptuosas que nutrían al desierto.

Un capricho de los dioses recorría aquellos suelos maleables a cada paso, sintiendo los latigazos de la diosa dragón transformada en metralla. Su piel quedaba lacerada conforme avanzaba, mas resistía estoico.

¿Cuándo llegaré ante ti? ¿Cuándo me imbuirás con tu influjo?

Aquel menudo hombre maltratado por el desierto albergaba tan poca agua bajo su piel como esperanza en su alma. Pero necesitaba postrarse ante la musa pétrea que le permitiría descansar. Quería regalarse su 
visión por última vez.

Tan sólo necesito que me confiráis un poco más de entereza. Os lo ruego, quedo a merced de vuestra gracia.

Y los dioses decidieron apiadarse de tan nimia forma de existencia, puesto que el espectáculo de la oscuridad que se marchaba no les agradaba en absoluto. Esa guerra encarnizada del mundo etéreo que velaba por la creación terrenal se luchaba sin cuartel. No permitirían que la diosa dragón despojase de humores al humano. Sus designios no contemplaban el cumplimiento de tal antojo.

Fue entonces que cesó la tormenta. Los latigazos ya no castigaban al nómada, la sed parecía abandonar el inventario de sus apetencias, y su cuerpo se tonificó al instante. En el preciso momento en que necesitaba la agudeza de todos sus sentidos para admirar la mole de piedra que materializaba sus sueños.

Finamente labrada, sólida, salida de las manos de mil esclavos. Resultado de sus pasiones. Bestial. La contradicción hacía acto de presencia. Aquel hombre recorrió incontables leguas entre dunas para deleitarse con la belleza de lo inanimado. La escultura no presentaba facciones destacables, parecía desprovista de la poca vida que una fría piedra podía albergar.

El vértigo me inunda.

Un inmenso ciclón de fuego apareció de entre las dunas y, con una fuerza inusitada, comenzó a carbonizar la creación de los dioses.

Tu mirada atraviesa cualquiera que intente chocar en sentido opuesto, es impermeable a cualquier emoción. Me estás devastando. Estás arrancando cada una de mis vísceras de dentro afuera, bebiendo mis humores, inundándome de pura pesadilla. La carencia de empatía taladra mi conciencia hasta producirme la catatonia más aguda.

Impasible ante las palabras del hombre, la musa no advirtió el discurso pero sí las llamas. Y se deformó. Poco a poco. Lascas de piedra que se teñían de negro hasta deshacer la inexistencia de emociones. Y estalló. Quebró su ser en mil pedazos incapaces de ser recompuestos por las manos más hábiles habidas y por haber.

Los ojos del insignificante peregrino se cubrieron de lágrimas. Y brotaron por siempre, deshaciendo su rostro con la erosión más intensa y persistente de entre las que se cuentan. Nunca más podría admirar la belleza de la estatua. Era el fin del escalofrío al contemplarla. De la admiración al oír cómo las arenas la sobrevolaban. De su penetrante aroma a sequedad. Del sabor salado de los gránulos que la formaban. La musa jamás volvería. Había pasado a engrosar las listas del ejército de arena y devastación que desfilaba de manera sinuosa en el vórtice de fuego. Era el fin de los tiempos. El fin de las historias.

Una ola de calor envolvió al humano, deshaciendo sus carnes en el dolor más puro, en la agonía. Su sentido de la realidad se desvaneció para siempre, puesto que ya no quedaba nada más que admirar. Nada podría sustituir aquella creación cuando la espiral de fuego lo hubiese consumido todo. Lo último que se pudo contar de sus vivencias fue la simbiosis entre las partículas pétreas y los jirones de su piel carbonizada, como resultado de un amor que siempre existió en su mente, y jamás en el sólido núcleo de la musa.

Nunca jamás.

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