El subconsciente parece traicionarnos mucho.
Es una especie de comisaría mental, muy eficiente, que archiva los delitos realizados por todos aquellos que te han dañado y mantiene una patrulla de guardia en tu ciudad interna. Hay días en los que se repasa el historial y los coches de policía conectan su sirena y peinan las avenidas de la mente.
Cuando creías que todo iba viento en popa, de nuevo surge esa realidad que opaca la felicidad que uno mismo se procura mediante destilación de los afectos. La esencia resultante presenta impurezas en forma de miedos; miedos de naturaleza atávica, tan antediluvianos como la misma especie humana, que erizan el vello de nuestra piel y nos contraen los pulmones: el canon social, los que una vez estuvieron y ya duelen tanto que su cercanía resulta inviable, y un largo etcétera de tribulaciones.
La forma en que nuestra patrulla instintiva nos avisa, nos muestra esa cara oscura de la realidad para que no realicemos el salto sin paracaídas, a menudo son los sueños. El mundo onírico levanta complejas ilusiones, las cimienta a partir de nuestras pasiones, y desencadena con ella una avalancha de sucesos. Es como si la utilidad de los mismos fuese avisarnos de futuribles a modo de película; <<Con este material, ¿qué puede suceder en la vida del cuerpo externo? ¿De qué tipo específico de riesgos le puedo avisar?>>
Así trabaja la gendarmería interna, así eclipsa la paz que tratamos de encontrar, con tanto esfuerzo, poco a poco. Pero, sin ese tipo de advertencias, tal vez correríamos demasiados riesgos y nuestra existencia se reduciría a la consciencia sin subconsciencia.
Consciencia - Subconsciencia = Inconsciencia
El resultado de la ecuación sería una vida errante en la que cualquier vicisitud problemática, por poco que lo fuese, nos destrozaría. Hemos de contemplar los pros y contras de cada acción para seguir conectados a la realidad. Los sueños son esa herramienta que enlaza con el poso de realidad necesario cuando nosotros ni siquiera sentimos que vivimos, cuando hemos desenchufado el cerebro. Hace falta ese mínimo de corriente que nos impida crear quimeras devastadoras en forma de deseos inalcanzables.
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