Visita del conde hedonista


Bajaba por el tortuoso camino como si fuese a despeñarse en cualquier momento. Los brumosos acantilados aportaban un halo de misterio a la escena. El paisaje monocromo se veía compuesto por escarpadas rocas y oscura vegetación de montaña. Sin embargo, los ropajes del conde resplandecían con luz propia, llenos de oro, perlas y piedras preciosas como estaban. El carruaje venía esculpido en madera de haya y cedro, con tonos rosados. Infinidad de gotas de rocío se afanaban en condensarse, ayudadas por el polvo que levantaba en su periplo, para al fin asentarse entre las vetas de madera.

Las gentes del pueblo escucharon la melodía, de tambores y trompetas, de timbales y bandurrias. Caballos blancos como una fría loza del mármol más puro, con ríos de gris decorando sus pieles por aquí y allá, eran la tete de la course. Atrás, los músicos, tocando la fanfarria. Y tras ellos, ese magnífico carro, centelleante, cargado con los sueños de otro mundo que por un día regaban con su esperanza las tierras del reino de Argento.

Un hombre escuálido, pálido como la luna llena y -como si de una elaborada imitación a escala del satélite se tratase- repleto de cráteres en su geografía facial, se quitaba el sombrero y peinaba su escasa cabellera, para estar presentable. Su pecho vibraba como nunca; sus pies enviaban el temblor del suelo, producido por el carro, a saludar al temblor vital que sacudía sus entrañas. Sabía que el fulgor en dorado y en rosa desaparecería en cuanto el conde pasase, dejando paso de nuevo a la quietud habitual de aquel mundo en el que las manecillas de reloj avanzaban con esfuerzo, frenadas por un duende conservador, que tendría por herejía un contagio de la velocidad normal del avance de dicha dimensión.

Y fue en esos anacrónicos dominios, en la capital de la serenidad, donde el conde decidió bajar. Hirusto bigote, gafas de topacio y turmalinas. Una capa adornada con un vórtice de color que parecía rebelarse contra la legislación de aquella naturaleza. Su bastón se extendía como pedipalpo de su anatomía. Irradiaba la luz de mil estrellas y, cada vez que hacía contacto con el suelo para soportar el peso del noble en technicolor, hacía brotar líquenes de la tierra, seguidos por hongos, que con absoluta presteza regaban el suelo con una lluvia de esporas. Luego venían las flores cargadas de pétalos y los insectos que permitirían su expansión por la superficie de polvo lunar. Todo en una sucesión acompasada, rítmica, un documental de la vida a cámara rápida. Tal era el poder de biogénesis del bastón.

Los ojos de los niños se abrían como platos, querían abandonar sus órbitas para descansar encima de los prados de nueva creación, que de seguro les irritarían menos que la atmósfera viciada de mineral y desgana del reino de Argento. Se arremolinaban bajo la influencia magnética del conde de color, comos si de un sistema solar se tratase. Pero los cuerpos de los pueblerinos de mayor edad habían sido labrados y curtidos por el blanco, el gris y el negro, durante demasiado tiempo. Sus mentes eran rígidas; quedaban sorprendidos por aquella explosión de vitalidad, pero algo en su interior, un tribunal de Inquisición psíquico, sentenciaba la obre como brujería, como atrevimiento atroz. 

Desconfiaban de las flores, no fueran a desplegar látigos de zarza ponzoñosa que deshiciesen en dolor y jirones las almas y carnes de sus vástagos. No fuera a nacer de la luz del bastón una quimera de la euforia, una mantícora hedonista que asolase con placer y mieles un pueblo acostumbrado a la desolación. Pero debían rendirse a la evidencia. Las sonrisas de los púberes y los aún más niños en sintonía, creaban una locomotora que chocaría de bruces contra el tren de la ortodoxia. La visita del conde había resultado un punto de inflexión para el devenir del reino de Argento.

Hoy por hoy, Argento sigue siendo coloreado. Los niños se han hecho mayores, la mayoría de los mayores han dejado el mundo y han pasado a aumentar el volumen de polvo lunar. Tienen sus reservas para con el proceso de coloreado, algo en su interior les reprime, inherente a la condición de haber nacido en los dominios de la austeridad, pero tampoco sienten miedo. Y los que ya tienen descendencia, se deleitan con los juegos de sus niños, con sus danzas entre las flores, con el brillo de sus pieles, con las manchas orgánicas con las que vuelven a sus hogares al atardecer, como particulares cicatrices de una batalla contra el aburrimiento.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál será el futuro del reino de Argento; no obstante, todos cuentan la historia del conde, de cómo instauró el carpe diem en algunas de las mentes mas obtusas del lugar, casi sin quererlo, sólo con su encanto natural.

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