Hagamos zoom en esa amalgama de filamentos brillantes, bañados por la más pura oscuridad. Bien. Ahora estamos enfocando uno de esos filamentos. Una muralla. ¿Quieres seguir?
De acuerdo, acerquémonos más. ¿Te convence ahora? Estamos viendo un cúmulo de supercúmulos. Así que te sigue pareciendo poco. Sigamos.
Tienes delante el supercúmulo de Virgo. ¿Ves ese millardo de puntos brillantes? Cada uno es un grupo de galaxias. Sé que quieres continuar. Lo noto en tus pupilas. En tu alma.
El grupo local. La grande de ahí es Andrómeda. No muy lejos estamos nosotros, la Vía Láctea, tragándonos a la nube de Magallanes. Y hacemos zoom otra vez. Sí, esta bonita e ígnea espiral es nuestra galaxia, hogar de más de cien mil millones de soles. ¿Quieres ir al tuyo?
La imagen comienza a reducir su campo, y pronto el brazo de Orión ocupa su totalidad. Se tamizan las estrellas, pronto va quedando nuestro vecindario más selecto. Y, al fin, el sistema Sol. Su tercer planeta, una perla azul celeste, con un diámetro ciento nueve veces inferior al de su Sol. Ahí es donde cohabitan tu alma y siete mil millones más.
Te comprendo, tu suspiro quiere hacerme ver que te sientes ridículo. ¿Aún así quieres ser atemporal?
Sois una especie cuyo exacerbado egocentrismo, al que denomináis antropocentrismo, os ha llevado a creeros el centro alrededor del que orbita la totalidad de lo existente. Pero el zoom que hemos practicado a la víscera universal, desafía vuestra autoestima. Os revela como meros electrones danzando alrededor de un átomo más, dentro de una molécula más, en un compuesto común, de una célula cualquiera de esa víscera cósmica.
¿Cómo puedes, cómo osas siquiera, querer ser atemporal? Querer perdurar para siempre cuando no eres más que un trozo de materia, cuyos indefectibles procesos derivados a su estructura, te hacen padecer delirios de grandeza de semejante calibre.
Necesito sentirme querido. Me hace falta.
Si después de todo, te comprendo. Eres como los otros de tu clase, sí, los que componen la denominada materia viva. Esos procesos complejos que se llevan a cabo por la materia común para sustentar vuestra consciencia, esa lucha continua contra la entropía que rige lo inerte. Maldita sea, debe ser duro sentir cuando sólo una infinitésima parte del todo es capaz de hacerlo, de la forma en que tú lo haces.
La vida se siente muy sola rodeada de lo inerte. La vida es tan consciente de lo sola que está, que las cadenas de ADN que la sustentan decidieron poder replicarse, con tal de que hubiese cada vez más materia que sufriera a raíz de ser diferente.
Juega con esa “ventaja”. Sabes que hay otros que sienten y padecen tal como tú lo haces, o quizá en un espectro mucho más amplio. No hay cabida al prejuicio, jamás podrás saber lo que siente el prójimo, ni cómo lo siente. La falta de ética responde al Darwinismo más puro, a la supervivencia del más fuerte. Pero eso va en detrimento del camino que ha tomado vuestra especie. Vuestra naturaleza es ser antinaturales. Así que no derribes al débil. Entiéndele. Porque sois conscientes de lo martirizante que es la tortura de poder sentir, en este inmenso vacío ignorante de emociones. A eso lo habéis llamado empatía. Dicen que es la práctica ética que más tarda en dominar el cerebro humano. Que hasta pasados los cuarenta no sois maestros en el arte de poneros en piel ajena.
Ojalá la empatía fuese innata. Ojalá, sí, es una vía perfecta en tu periplo hacia la atemporalidad. Necesitas entender a los demás para que te valoren, para que te necesiten, y eso es lo que en última instancia hará perdurar tu alma, no en forma tangible, sino como señales eléctricas que provocarán sensaciones en los cerebros de aquellos con quienes interactuaste mientras vivías.
El recuerdo es la expresión de la atemporalidad. Es la pieza más mágica del puzzle de la existencia, aquella que os completa a cada ser humano. Y no viene en la bolsa. Al igual que en el paquete que guarda el puzzle no se halla la satisfacción de quien lo acaba. Eso es secundario.
Pese a todo, las leyes que rigen el universo son artífices del sadismo más convulso. Si cada rostro, cada voz, son únicos, si pueden ser tan diferentes, no imaginas lo distintas que pueden ser dos mentes.
Las caras son muy distintas, pero las mentes son universos estancos entre sí. ¿Cómo entender a los demás? ¿Cómo?
Empatía. Recuerda todos los factores que determinan nuestra rareza como individuos. Recuerda que somos el producto de un conjunto de sucesos, de una amalgama de ética y naturaleza previas, a partes iguales, o tal vez no, que te conforman en tu pre-vida. Y ese busto inacabado que tanto puedes odiar, es lo que has de perfeccionar en vida y, con suerte, concluir mucho más tarde de dejar el mundo. Mucho después de que tu último estertor abandone tu boca, mucho después de que tú, como compendio macromolecular, finiquites la lucha contra la entropía externa. Después de que tu metabolismo cese. Entonces, mejor que te hayas labrado un remanente excelso, o toda tu vida habrá sido en vano, puesto que deseas la atemporalidad.
Y si no te has labrado un recuerdo en las mentes ajenas gracias a la empatía, no serás atemporal.

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