Encéfalo melífero y brotes de vida


Desde la espesura, desde el letargo mental.

Se siente como una pasta dulce, ironía tal vez, pues ha sido gestada a partir de penurias condensadas. Pero el resultado es así, una miel hipercalórica que obstruye la comunicación entre neuronas. Pese a no disponer de un espacio sináptico libre de ataduras, he decidido escribir algo. Lo que muchos llamarían un "si sale".
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Era una ciénaga cargada de brea. Líquido burbujeante, sulfuroso, que ascendía y permeaba la atmósfera hasta calar los huesos de aquéllos que se atreviesen a cruzarla. Los árboles se erguían como bastiones portadores de malos augurios, con ramas retorcidas y huesudas que crepitaban al contactar unas con otras. Cuervos más negros que la noche se apostaban en dicho ramaje, esperando el momento oportuno para ajusticiar con sus miradas a quienes acudieran al pantano. Contrastaba su espeso plumaje del color de la obsidiana con el fulgor que desprendían las telas de araña y las partículas de humedad que en ellas descansaban, esperando hermanarse con el rocío que vendría a la mañana siguiente. Y es que incluso aquel escenario debía rendirse al nuevo día, que a todo le puede.

En lo más profundo de la ciénaga se escondía un terreno fértil, alimentado por acuíferos cargados de nutrientes de diversa procedencia que conformaban la piedra angular para extender el imperio del verdor.  Era allí donde florecía, una vez por década. Para que dicho nacimiento aconteciese, el druida debía pronunciar un discurso. Las palabras que pronunciase crearían una simbiosis con las aguas subterráneas para materialzar la semilla de la nueva flor.

Una flor que esparciría su fragancia en competencia directa con los ponzoñosos efluvios de las aguas estancadas, hasta lograr vencer, por un día, al decrépito entorno.


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