La nostalgia es una sensación que drena nuestras fuerzas. Un nexo con lo que ya sucedió y no volverá. Con los entornos que fueron de nuevo labrados por los agentes erosivos, con las personas cuyas acciones e ideales se enfrentaron a las nuestras para no volver a reconciliarse jamás. De vez en cuando una película en color sepia con imagen granulada surca nuestra mente y nos estremece.
¿Esa era mi vida?
Es como si la luz de antaño fuese más potente, los sentimientos más puros, las personas más inocentes. Y te preguntas si dentro de veinte años, lo que acontece ahora en tu vida no se teñirá y granulará para aparecer en la cinta del futuro y encoger tu pecho.
¿Esa era mi vida?
No importa demasiado si los cambios son a mejor o a peor, si hemos madurado o nos hemos acomodado; lo que hayamos sufrido. Existe un sentimiento bastante generalizado de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Tal vez tenga que ver con la resistencia al cambio, que parece un ingrediente inherente a todo ser humano. Hay un claro distanciamiento entre la ética con la que crecemos, esa moral que pronto se torna inamovible —puesto que con la edad cada vez somos más duros de mollera— y los tiempos que van sucediéndose. Las modas, los inventos que revolucionan a la sociedad.
Nos tomamos el inevitable cambio como un atentado a la efigie que levantamos en honor a nosotros mismos. Como un viento huracanado que amenaza con arrancarla de sus cimientos y enterrarla luego en el barro por siempre jamás. Si nos esforzásemos en volver nuestra mente más dinámica, en desencadenarla de todos esos prejuicios que la corroen, si luchamos por tolerar más la manera en que este mundo evoluciona, puesto que, en última instancia, toda resistencia por nuestra parte resulta en detrimento de nosotros mismos —el entorno le puede al yo—, tal vez logremos rebatir este aparente axioma de la realidad.
Es el año 2012. El aire sigue teniendo el mismo porcentaje de oxígeno que cuando naciste. Siguen creciendo en todas partes niños con ilusiones. El auge de Internet es un arma de doble filo; habrá quienes lo utilicen de forma correcta y quienes no. Los grandes males y las grandes virtudes de la humanidad son intemporales. Es algo que debemos asumir. Por más que la ilusión de que el pasado era una dimensión más agradable y pura trate de convencernos, no es más que eso, una distorsión mental.
Todo momento en nuestras vidas tiene el potencial de ser maravilloso. A veces hay que rendirse al cambio para poder comprender que nos hemos estado agarrando a un clavo ardiendo. O que, sencillamente, el clavo de presente no está siendo corroído, tal como pensábamos.
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