Se trataba de un vuelo programado. Desde la estación de control le dirigían, guiando su trayectoria y determinando el punto de destino. En el cristal de la cabina del caza se podía atisbar el reflejo del hombre. Su semblante tenso. Las gotas perlaban su rostro. Su circulación sufría el embate de la gravedad; quienes no estaban debidamente preparados, perdían el conocimiento.
Las manos, con muñecas temblorosas, asían la palanca de dirección como si de una extensión materializada de la voluntad de sus superiores se tratase. Esas manos, de poder expresarse, se habrían opuesto a dirigir el aparato hacia la base. El corazón palpitaba. El zumbido del motor era una radiación de fondo que todo lo cubría. Monótono. Como la secuencia de pensamientos del piloto.
En un movimiento espasmódico, el cuello del hombre se giró. Sus aspiraciones parecían fluir por difusión fuera de su cuerpo. Atravesaban el cristal de la cabina y se perdían camino de la estratosfera. Ese cielo de un azul más oscuro, de atmósfera menos manida. Y entonces, se percató de la realidad.
<<Una atmósfera no corrompida. Más alto. Más pura; salvaje.>>
Ganó altura y de forma simultánea advirtió cómo sus fluidos corporales se agolpaban en la base de todas sus cavidades. No tenían tiempo de subir sincronizados.
Hizo una maniobra arriesgada. Una pirueta de giro, en la que quedó bocabajo. La Tierra ocupaba el cielo, y éste el abismo. Había roto las reglas. Supo en ese preciso instante que era dueño de su voluntad, de su destino. Que nadie podía mandar en aquel particular reino de las alturas. Y que así debía ser el resto de su existencia. Ingobernable, indómita.
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