Gestación


Desde hace un tiempo a esta parte, me he ido dando cuenta de que algo se está gestando en mi interior. Algo que me está ayudando a sobrellevar algún que otro looping en la montaña rusa de mi vida.

De niño era muy curioso, y lo sigo siendo. No me suelo contentar con el blanco o el negro; necesito escalas de grises en lo relativo a recibir explicaciones sobre el funcionamiento del mundo y de los diversos conceptos que, como seres humanos, necesitamos conocer. El problema radica en que dicha alergia al posicionamiento tiene graves efectos secundarios. Primero en la autoestima. Cuesta mucho vivir siendo presa del relativismo. Es como sufrir una agonía privado de la anestesia de pertenecer a un grupo, de tener unos valores afianzados y compartirlos con tus iguales. Porque cuando establecemos una serie de principios éticos y, por uno u otro motivo, no los cuestionamos, vivir es más sencillo.

Es inevitable para ciertas personas el no sentirse satisfechos. Algunos podrán decir que ciertas actitudes rozan el masoquismo, como la de querer indagar hasta encontrarse perdido entre dos tierras que ofrecen argumentos contrarios sobre una misma temática. Pero, en última instancia, todos habréis sentido eso a lo largo de vuestra existencia; cuando profundizas en un tema acabas por ser consciente de todo lo que desconoces de él. No logras establecerte en un punto claro del espectro; necesitas abarcarlo por completo y perderte entre sus distintas longitudes de onda.

Cuando dicha hambre por el estudio global de tantos y tantos ámbitos del saber acaban por provocarte urticaria por el mero hecho de pensar en focalizar, en especializarte en una sola cosa, sientes como la realidad del sistema impuesto choca de bruces contra tus sueños, y hace añicos el frágil cristal de Bohemia que los esculpe.

Entonces descubrí la utilidad de algo con lo que siempre había trabajado, con lo que todos trabajamos, pero que tenía asumido como una herramienta práctica en lugar de una forma de volcar inquietudes. La escritura.

El lenguaje es un medio extraordinariamente plástico de plasmar las emociones y la visión del mundo. La carga simbólica de las palabras, inconcebible. Cuando creas textos de cierta longitud, entras en un exquisito trance que relaja el alma ante los sinsabores del estudio compulsivo de la realidad en aras de acabar aun más confundido que al principio, perdido en la escala de grises. Te liberas. Y eso ya es motivo suficiente para seguir adelante, escribiendo. A veces notas como si el flujo de palabras hiciese cicatrizar heridas pasadas o, incluso, lograse que la esperanza se mantenga a flote.

Ahora mismo, para mí, escribir es una terapia. Pero creo que está evolucionando. Que me está pidiendo ser algo más.

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