Nos encontramos ante una relación entre individuos que derriba los pilares en los que se sustenta la evolución. O, al menos, la evolución tradicional. Los organismos primitivos se regían por la más absoluta competencia. Sobrevivir como individuos y dejar descendencia es el sino de cada vida que surge. Bajo ese caleidoscopio de organismos, llamémosles R-estrategas, que establecen pocos o nulos vínculos con otros individuos de su especie, la amistad es inservible. Anula la competitividad, por lo que imposibilitaría una criba que seleccione a los mejor adaptados.
No obstante, nuestra especie es una especie sociable, como tantas otras de organismos evolucionados en época reciente. Es otra vía evolutiva, que anula la competitividad intraespecífica en aras de una mayor supervivencia frente al entorno hostil. Es como si, en algún momento, las hebras de ADN —y perdonen la humanización que les confiero— notaron que tal vez la asociación entre individuos presentaba ventajas notables en comparación con vidas solitarias y regidas por un frenesí cruel.
En la especie humana, el desarrollo de la corteza prefrontal, del raciocinio, de la empatía y la ética, es tan elevado que la amistad cobra una importancia capital en el desarrollo normal de sus integrantes. La amistad ya no es un instrumento que nos cobija en forma de escudo numérico frente a los agentes agresores externos, sino que nos consuela en nuestra constante duda existencial. Nos ofrece un paraguas, un amparo que nos proporciona confort ante agresiones que, en muchos casos, provienen de nuestro interior.
¿Alguno de vosotros puede decirme qué utilidad evolutiva posee la nostalgia? Tal vez la tenga, pero sin lugar a dudas, su importancia parece muy secundaria para el normal funcionamiento de la homeostasis de la biosfera. Y sin embargo, todos nosotros, en mayor o menor medida, hemos sido presa de ese sentimiento. Nuestro “yo social” es de un calibre inimaginable, tan inmenso, que esa faceta aparentemente etérea e insustancial que es la personalidad y el espectro de sentimientos, así como las interacciones con los demás, controlan nuestra existencia.
Hemos llevado la “sociedad”, la vida en grupo, a la máxima expresión.
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