"Me duele la piel"


Eso dice Zelda Fitzgerald en la película Midnight in Paris cuando pretende acabar con su vida, tal vez, tirándose a las aguas del Sena.

Quizá sea parecido a negarse uno el propio cuerpo, aunque lo digo desde el atrevimiento de entrar en otra mente y extraer ideas en su nombre. Pero hay momentos en los que la agitación, la ansiedad de vivir, es tal, que en cierto modo te duele el cuerpo. Lo peor es cuando las paredes del esófago parecen cerrarse, tal es la angustia. Cuando las manos de un querubín corrupto empujan los hombros hacia el suelo. Aplastándote con la dificultad de la existencia sin sedantes.

Encerrados en patéticos envoltorios de ADN, nuestra verdadera esencia. No somos más que una amalgama de carbono que ha despertado por unos años, un lapso de tiempo que se reduce a un parpadeo de la historia. Que es movida por esa doble hélice y sus apetencias, no las nuestras. Desamparados. Olvidados en un planeta perdido en la inmensidad del espacio. 

Encerrados en patéticos envoltorios. Sufriendo. Sólo sufriendo. Las idas y venidas de un torrente hormonal que nos hace trizas cada día. Madurar es adelantarse a ese biorritmo, a ese ciclo circadiano de los menesteres. Saber que cuando se está eufórico, al poco viene la desolación; que cuando se está desolado, al poco llega la euforia. Madurar es que la vida no nos pueda hacer spoiler. Por lo que la verdadera maduración nunca llega. El querubín corrupto seguirá aplastándonos cuando menos lo esperemos, hasta que dejemos este mundo.

Mientras, la piel duele.
¿Verdad, Zelda?

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