Nuestra vida es en realidad conducida y mantenida por sentimientos muy básicos. Aquello que de verdad nos importa suele ser de naturaleza intangible y aparece sin esfuerzos, de forma espontánea.
La crisis comenzó a gestarse en el momento en el que la humanidad fue desarrollando la cultura. Surgieron las civilizaciones y, con ellas, un compendio de leyes existenciales, un dogma del comportamiento que anulaba nuestro libre albedrío. Nos sentimos atados a dichos mandatos aún a día de hoy. Hemos forjado un orden social a partir de lo antinatural. La aparición de los edulcorantes del folclore humano, productos de su reacción de percepción del mundo, resultó inevitable. Pero ahora son la sal que escuece en las heridas de nuestro instinto.
Cuando un ser no puede hermanar sus costumbres a sus instintos, o lo que es lo mismo, cuando no se comporta únicamente de manera instintiva, surge un conflicto. El animal que llevamos dentro lleva doscientos mil años gestándose en nuestra especie y cuatro mil millones de ellos en forma de esa condenada doble hélice que se hospeda en cada célula, casi desde que el mundo es mundo.
Decimos que la cultura es natural al ser humano, que es natural que el hombre sea cultural, es decir, que nuestra vía evolutiva busca rebelarse contra la evolución misma, contra la supervivencia del más fuerte. Pero genera mucho sufrimiento. Un sufrimiento que seguirá ahí por siempre, hasta que tal vez acabe por condenarnos y nos entierre en un funesto estrato geológico a todos los humanos junto a nuestra incapacidad para conciliar ética e instinto.
Y, en el plazo algo más familiar de una vida, reduciendo la cosmovisión a una visión individual, ¿qué se puede hacer? El tiempo, la muerte, el subproducto cultural en forma de política, ambición, educación que reprime los impulsos, y un casi interminable etcétera que supera a nuestra voluntad, nos corroe. ¿Cómo vivir sabiendo que hay tanto que nos produce infelicidad y a lo que no podemos hacer frente, pues sería tan eficaz como si unas hormigas tratasen de talar una secuoya con sus apéndices bucales?
Parece ser que todo se reduce o bien a vivir inmerso en el conformismo, es decir, ser un imbécil de forma deliberada, o bien a profundizar mucho en un campo particular en el que nos sepamos defender, a sabiendas de que afrontaremos crisis -puesto que al ser humano en el fondo le gusta lo holístico-. Condenados a lo superfluo en todos los ámbitos o a cercenar muchos ámbitos en pos de brillar en uno solo.
Y con la inquietud existencial que provoca el ser conscientes de que esos entes gigantes nos esclavizan, solo parece haber dos formas de vivir. Una, difícil, en la que seremos tristes. Y otra, más difícil aún, en la que seremos felices.
Rendirse a la infelicidad es el camino "fácil" puesto que supone rodar hacia ninguna parte sin esfuerzo, por lo que tendremos un concepto horrendo de nosotros mismos. Al menos, gastaremos pocas calorías y tal vez nos acostumbremos a semejante mediocridad y acabe por no doler. Vivir siendo felices es aún más difícil, puesto que la felicidad como modo de vida hay que elaborarla y planificarla hasta la extenuación. Siempre vendrán momentos felices de la nada, pero de igual modo vendrán los tristes, y querer reducirlos nos pedirá que libremos una cruenta batalla contra viento y marea.
Que la fuerza nos acompañe.
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