El arroyo de los audaces




Las aguas del arroyo corrían ladera abajo, límpidas, obstaculizadas por algunas rocas cubiertas de musgo, desperdigadas por aquí y allá. El hombre estaba sentado sobre la superficie aplanada de una de ellas, sintiendo como el frío de la corriente se le clavaba en los tobillos. Su mirada viajaba por entre los curiosos insectos que, adaptados a la vida acuática, se posaban en la superficie. Sus larguísimas patas combadas les permitían repartir el peso de sus de por sí livianos cuerpos, impidiendo que se hundieran.


Absorto en sus pensamientos, el hombre no advirtió que un cuerpo inerte caía llevado por las aguas desde la cima de la montaña. No fue hasta que el cuerpo se topó con la piedra en la que el pensador estaba sentado, que éste se dio cuenta de lo que ocurría.


—¡Un muerto! —gritó para sí mismo, aterrado.
Como si tratase de rebatir la catalogación, el cuerpo despertó de su letargo. Un grueso brazo cubierto de algas y nenúfares asió al hombre pensador por la pantorrilla.
—Santo cielo, estás vivo. Has... ¿Has tragado mucha agua? ¿Te has roto algún hueso durante la caída? —preguntó de manera precipitada nuestro hombre.



Mientras escupía el exceso de agua que encharcaba sus pulmones, el náufrago del arroyo ejercitó su musculatura facial para pronunciar las que, posiblemente, fueran sus primeras palabras en años.


—No te preocupes. Tan sólo estaba aburrido. Cuando no tengo nada mejor que hacer, suelo tirarme por las colinas rodando, o me quedo meditando en mitad de los desiertos.


El pensador no daba crédito a lo que oía. Sin duda se encontraba frente a alguien bastante singular. Mientras trataba de ordenar los acontecimientos en su mente, se percató de que una legión de sanguijuelas estaba drenando la sangre de su nuevo compañero.


—Menuda actividad... Por cierto, deberías quitarte esas sanguijuelas —le aconsejó, señalando con firmeza hacia la zona de piel colonizada por los parásitos.
—De ningún modo. Son mis compañeras. Ellas me proporcionan la entereza necesaria para seguir buscando. Sé que suena paradójico. A la mayoría de mortales les debilitan, pero a mí me ayudan a continuar. Sus negros, tersos y brillantes cuerpos me sirven como inspiración. Son la materialización de mi espíritu.
—Ya veo —siguió nuestro hombre, aceptando la rareza del náufrago mientras le empezaba a picar toda la piel tras haber observado la actividad de las sanguijuelas—, así que son algo así como tu familia.
—Tal vez —respondió el otro de forma lacónica.
—Me dijiste que ellas te dan fuerzas para seguir buscando, ¿no?
—Así es.
—¿Se puede saber qué buscas? —siguió el pensador.
—Busco gente especial. Gente viva.
—¿Gente viva? Estaría bien buscar entablar una conversación con gente muerta.
—Te sorprendería saber la cantidad de gente que, estando viva, está muerta. Dame un momento —dijo el náufrago cubierto de algas.



La escena tenía algo de cómico, de no ser por las constantes dudas que asaltaban la mente del pensador. Ver a aquel hombre de casi dos metros de estatura, que hacía un rato cualquiera hubiera dado por muerto, con la vista fija en la corriente, concentrado, a la espera de algo, era hasta gracioso. No le dio tiempo al hombre dubitativo a deleitarse con el aroma del bosque mucho tiempo, ni a sacar conclusiones de la charla, cuando observó perplejo como el náufrago hacía un movimiento espasmódico con uno de sus brazos y capturaba un salmón.



—¡Sorprendente! —dijo el pensador admirado—. Lo has cogido en mitad del...
La palabra salto no llegó a emerger de sus labios. El gigante cubierto de algas había empezado a comerse al pez, que todavía daba coletazos aferrándose a la vida.
—Espera, ¿no lo vas a cocinar?


El náufrago volteó su cabeza y se mostró ante el pensador con los ojos casi fuera de las órbitas, respiración frenética y las comisuras llenas de sangre. Quedaba claro que así eran sus modales a la mesa, y el otro no lo iba a poder cambiar tan fácilmente.

Cuando aquél que cayó de aguas arriba finiquitó su frugal almuerzo, y lo de frugal es porque parecía necesitar un atún adulto para saciarse, siguieron la conversación.


—He visto una luz especial en tu mirada. Brilla más de lo normal. Tú estás vivo, y eso lo sentí desde allí arriba —dijo el comedor de salmones, señalando con el índice hacia la brumosa cumbre de la montaña.
—¿Sí? No sé, siempre me he considerado bastante mediocre.
—Tal vez lo seas, pero quieres vivir. Si no, yo no habría despertado de mi letargo. Ahora tengo que ponerte a prueba.
—¿Ponerme a prueba?



El gigantesco hombre cubierto de algas se abalanzó contra el pensador y le aplastó contra la roca. La extrema dureza de su superficie le trituró los músculos de la espalda e hizo que sus escápulas sonasen como una pieza cerámica. Los ojos se le abrieron al máximo. Sus pupilas vibraban presas del pánico.


—¿Tendrás suficientes recursos como para vencerme? ¿O me uniré a ti para siempre? ¿Lograré extinguir tu vida?
—No te entiendo —dijo entre sollozos el pensador. 


Las fuerzas le abandonaban. Nuestro hombre sintió como las sanguijuelas pasaban del cuerpo de su verdugo al suyo y tanteaban el territorio adecuado, como los colonos americanos cuando comenzaron a adueñarse de las tierras del Nuevo Mundo. Las algas se enredaban en su cuerpo e impedían que su piel transpirase. Sorprendía la fuerza con que se aferraban a él, pese a su consistencia viscosa.

—Tu apetencia vital te está consumiendo. No eres lo suficientemente inteligente como para gestionarla. Vamos, ¿qué puedes hacer? ¿Negociarías conmigo?
Pero el pensador no lograba entenderle. Su mente era un engranaje desacompasado, falto de aceite, que no lograba traducir la avalancha de metáforas que el acosador le lanzaba.
—Es ahora —siguió el castigador venido de aguas arriba— en los momentos oscuros, donde debes brillar—. Sólo ahora podrás sorprenderme y volverme pequeño. Los hombres de mente eficaz son los únicos capaces de decidir mi tamaño.



El náufrago comenzó a crecer. Se hizo inmenso, tan grande que las algas que envolvían al pensador parecían troncos de secuoyas, las sanguijuelas se volvían del tamaño de ovejas y su peso pulverizaba la anatomía de la víctima.


—No... puedo... más.
El verdugo cubrió el rostro de su víctima con unas manos húmedas repletas de ventosas que succionaron todo el aire de sus pulmones. En un último estértor, el pensador pudo lanzarle una última pregunta:


—¿Cómo... te llamas?


Tras un breve silencio, el náufrago movió los labios y su víctima los pudo leer.

Ambición.

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