Permisos


Nuestra vida puede quedar determinada en gran medida por la importancia que le demos a nuestro pensamiento. A nuestra razón.

La evolución pareció dotarnos con una suerte de capacidad para vaticinar lo que puede suceder; un sistema que enlaza las experiencias vividas y las somete a criba, las conecta y contextualiza con la situación que se esté viviendo, para así determinar lo conveniente en el futuro. Esa conciencia, esa extensión del cuerpo que nos lleva a experimentar de una manera mucho más compleja que si fuéramos una mera "colonia celular".

Pero es una versión Beta. Tiene fallos, algunos muy peligrosos. Uno de los principales es que el uso que le demos puede muy bien exceder el que necesitemos. Pensar por pensar. Una máquina sobrecargada, acelerada, que realiza su labor de forma precipitada, es tan poco conveniente como una en desuso.

Nuestro contexto ha cambiado mucho desde que éramos una sociedad de cazadores y recolectores a merced de las inclemencias y las bestias salvajes. Ahora, el equilibrio entre cuerpo y mente se ha perdido en la mayoría de los casos y, como mínimo, requiere de una buena dosis de voluntad para equiparar ambas facetas de nuestro ser. Damos un uso desmedido a la mente, comparado con la falta de problemas a nuestro alrededor, o bien los problemas son todos de la misma índole, con lo que atrofiamos nuestro aparato locomotor y fatigamos al cerebro. Se produce una desconexión con nuestra verdadera esencia; nos apartamos de aquéllo para lo que fuimos programados.

Y eso causa una gran tristeza y nos hace sentir incompletos. ¿Podemos utilizar la mente en su justa medida en la sociedad actual? ¿Podemos hermanarnos con la naturaleza y, por ende, con nosotros mismos?

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