Tamizado emocional


—Abuelo, ¿cuándo vamos a llegar?
—Ya falta poco, no te impacientes. A los niños impertinentes como tú —dijo el señor deteniéndose y dirigiéndole una severa mirada—, les duele más.

Las pupilas centelleantes de su abuelo, sumadas a la advertencia, consiguieron el efecto deseado en su nieto. La hiperactividad quedó en un segundo plano; la curiosidad del joven no le ganaba el pulso al miedo a lo desconocido.

Continuaron su andadura por la senda, rodeados de muchos más hombres y mujeres de todas las edades, todos ellos guiando a sus hijos, ninguno de los cuáles había llegado a la pubertad. Llegó un momento en el que el camino se abría, el paisaje que abarcaba la mirada era mucho mayor. Ante la mirada atónita de los niños, todo un ejército de hombres embutidos en una indumentaria de color blanco inmaculado. Éstos se situaban por parejas, a los lados de unas masas de forma cuadrada tapadas por unas enormes sábanas. 

Cuando llegó el momento indicado, el que parecía el líder dio la orden para retirar dichas sábanas y dejar al descubierto unos extraños aparatos metálicos repletos de botones, palancas y válvulas.
—¿Allí es donde me van a subir? —preguntó el nieto a su abuelo, casi temblando de la emoción.
—Así es; encima de los Cribadores.

Todo niño que conocía el joven soñaba con el día en que subiesen a los Cribadores. Es cierto que muchos temían una experiencia traumática, puesto que les habían dado información de todo tipo, contradictoria e inconexa. Algunos decían que subirse a un cribador dolía mucho, otros que se asemejaba a estar soñando, y otros que era como una divertida atracción de feria.
—Los menores de ocho años, que pasen a la primera fila de Cribadores —ordenó uno de los hombres vestidos de blanco con voz firme.

Nuestro joven dio un respingo. Le tocaba.

<<Soy menor de ocho años. Todavía no he cumplido siete. Me toca subirme a un Cribador. Espero que así el abuelo esté contento. Todos los niños hacemos travesuras de vez en cuando. El Cribador me va a volver un niño bueno, para poder ser un hombre de provecho.>>

Los niños crecían con esa idea, que se les iba repitiendo hasta la saciedad a modo de mantra, para que se les quedase grabada en el cerebro. Fuese traumática o divertida, la misión de subir a un Cribador no era otra que, por decirlo de alguna manera, expiar los pequeños pecados cometidos mientras aún no despuntaban siquiera un metro del suelo.

El niño soltó la mano de su abuelo y permitió el flujo de aire fresco, recibiendo una sensación contradictoria. Por una parte, el frescor que notaba en la palma de su mano significaba dar un nuevo paso en la vida pero, por otra parte, su pecho se encogía pensando en que ya no había vuelta atrás. En que comenzaba la nueva etapa. Ya nunca más sería un niño.

Recorrió el suelo recubierto de hojarasca, que crujía a cada paso, y pronto se situó frente a uno de los hombres ataviados con el uniforme níveo.
—Muy bien, pequeño. ¿Estás nervioso?
—Ya no, antes estaba un poco mal, pero es lo que me toca —respondió decidido, sonriendo al final de la frase.
—Como debe ser. Venga, sube aquí —le dijo el mentor, dando un par de palmadas en el asiento, excavado en mitad de la maquinaria .
El niño subió, y pronto sintió una ligera vibración alrededor de todo su cuerpo. Un aparato con forma de bol invertido se situó justo encima de su cabeza de forma automática.
—Ahora sentirás un zumbido. Tranquilo, es parte del proceso —informó el hombre uniformado.
<<¿Qué está pasando? Mi cabeza... está adelgazando>>

El niño fue perdiendo poco a poco todos sus recuerdos, y en su lugar, éstos fueron reemplazados por ideas preestablecidas por el sistema del Cribador. Éste detectaba la tensión emocional acumulada en las regiones más recónditas de la psique del joven, y como si de un bisturí eficiente se tratase, segaba esas peligrosas memorias. Memorias de momentos en los que primaban los sentimientos como el afecto, la ira, el miedo; toda emoción que pudiese suponer un desequilibrio en el orden establecido era visto para sentencia.

Y así fue cómo el pequeño engrosó las listas de aquella legión de alienados que pronto sentaría las bases de la sociedad, conformando la generación que sucedería a hombres y mujeres que vieron en las emociones un fallo evolutivo.

El soma de su peculiar raza.

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